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Mientras disfrutaba de mi magnífica vida plagada de no sólo lunes, sino también martes, miércoles... y demás placenteros Días al Sol, recibí la llamada de la productora, "tenemos un pequeño trabajillo, pásate por aquí", en ese momento y sin darme cuenta empezó nuestra peculiar aventura.
Con un guión de Juan Carlos Rubio lleno de personajes colgados a más no poder, marchosos a tope, gentes locas con un fin superclaro: divertirse, divertirse y divertirse, comenzamos el rodaje.
Aunque yo ya estaba curtido en rodajes por mi experiencia haciendo documentales, publis y cortos, nunca me imaginé lo que sería para mí dirigir SLAM. Plantarme delante del equipo al completo para dar la orden de "motor" el primer día fue toda una experiencia.
El rodaje fue una sucesión de labores constantes: empiezas con decorado, sigues con cámara componiendo el cuadro, después vestuario y maquillaje, por fin ensayo con actores y puesta en escena, para rematar con "¡motor y acción!". Cuando llegas a ese momento final y, contando con que la suerte te acompañe, comienzas a rodar y este proceso se repite a lo largo de cada una de las muchísimas secuencias de la película, es decir, agotador.
SLAM fue una película complicada, con multitud de decorados, persecuciones, conciertos, música y más música, además de un número ilimitado de condicionantes adversos para rodar, gracias a los cuales no nos aburrimos ni un solo segundo.
Amigos míos, debo confesar que para escoger la profesión de director hay que cerciorarse de que uno sea todo lo masoquista que se pueda llegar a ser. La gente como yo, sin escrúpulos de ninguna clase, cogemos este tipo de genialidades con todas las connotaciones que ello reporta y transformamos nuestra forma de vida en un sinfín de preocupaciones y sufrimientos que comienzan el día que lees la primera versión del guión y terminan en el momento que acabas las últimas mezclas de sonido y se dan los últimos toques de posproducción.
Esta película lleva una parte importante de cada uno de los que hemos participado en ella, muchas horillas de investigar y de buscar la forma más adecuada de contar las aventuras y desventuras de nuestros singulares protagonistas.
Hicimos todo tipo de experimentos: rayas sobre el objetivo, personajes que flotan en la inopia, que dan paseos levitando por encima del suelo, así como una cantidad incontable de planos acelerados, ralentizados, seguidos de un montaje de vértigo que hace de la película una macarrada estupenda, ágil y con un lenguaje muy en consonancia con los miles de freaks que disfrutan de los macrofestivales o son forofos de este tipo de cine.
Eso fue lo que pretendía al dirigir SLAM, que conectara con la gente joven, que una historia cotidiana como la de dos chavales que ponen rumbo a un festival de música para conseguir una entrevista y correrse una juerga descomunal, tuviera un punto diferente, muy musical y dentro de mis posibilidades, que fuera lo más original posible.
Fue divertido estar horas y horas entre concierto y concierto con una cámara de cine al hombro rodando el desparrame de un gran festival de música, que se caracteriza por un público básicamente exhibicionista: de las cuarenta mil personas que empujan frente al escenario, la mitad siempre quiso salir en la tele, por eso no paran de saludar a la cámara. Un detalle que para la tele no importa, es incluso simpático, pero para rodar una peli es una catástrofe que desgraciadamente sueles descubrir en el proceso de montaje.
Dentro de esa inmensa masa enardecida que no para de buscarse hueco a base de empujones estábamos nosotros en busca del plano perfecto y justo en el momento en que piensas que nada puede empeorar, una torrencial e inoportuna lluvia hace acto de presencia, lo que hace que te refugies en el único sitio posible, debajo del escenario donde miles, que digo miles, millones de watios de potencia suenan reventándote los tímpanos, sí amigos, ahí estábamos nosotros ante una masa frenética que no te quitaba ojo, sordos y muertos de frío.
Anécdotas de ese tipo son las que dan frescura y vidilla a una película, lo que hace que nuestro trabajo sea una locura: imaginaros la cara del equipo de arte cuando a primera hora del día, justo antes de empezar a rodar, se encuentran con que el infinito número de tiendas de campaña que tardaron en montar dos o tres semanas, un decorado magnífico e incomparable, se había literalmente esfumado pasto de un vendaval huracanado que lo convirtió en un amasijo amorfo de hierros, telas y demás accesorios.
El rodaje transcurrió como otros tantos, aunque con una pequeña diferencia respecto a muchos en los que he participado, esta vez nos divertimos. En un rodaje estás tú y tu forma de ver la película, pero sin un equipo como el que participó en SLAM, hubiera sido imposible llevarla a cabo. Esta película tiene el punto de lo que se ha hecho con mogollón de cariño. Todos, actores, técnicos y hasta el último figurante, nos volcamos en ella, lo que la convierte en un guiso especial que espero sea de vuestro agrado. Saludos.
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